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Arquitextos

Habitar la nada

 

 

Atrás quedó la ciudad pero todavía no se alcanza a ver un bosque, llanuras o milpas. El concreto persiste. Son miles de hogares, maquetas hechas realidad que se multiplican y toman la forma de pequeñas ciudades. Las casas son idénticas: dos niveles, ventanas y un sitio de estacionamiento. Un tinaco Rotoplas corona cada azotea. Las rodea una muralla que no se ha salvado del grafiti. Son las viviendas de masas de nuestros tiempos: «habitación popular», «de interés social». Fueron diseñadas para proporcionar techo a millones de personas; pero más que ciudades miniaturas, asemejan pueblos fantasmas de calles desérticas. O, tal vez, escenografías de una película de zombis.

La vivienda social en México no siempre fue así. No siempre estuvo tan alejada de la urbe, en parajes que colindaban con el desierto. A mediados del siglo pasado, gracias a un acelerado proceso de industrialización que produjo migraciones del campo a la ciudad, la población urbana incrementó notablemente: el número de pobladores de la capital en 1930 alcanzó el millón de habitantes; hacia 1950 ya superaba los 2.2 millones.1 El 60% de este crecimiento fue producto de un enorme movimiento migratorio que, entre otras cosas, reclamaba nuevos espacios para habitar. En los años treinta la idea de vivienda colectiva comenzaba a ensayarse en conjuntos de viviendas obreras como las unidades San Jacinto (1934) y La Vaquita (1935); para mediados de siglo el proyecto de multifamiliares con financiamiento estatal desplegó sus obras máximas. En ese entonces, el gobierno, los ingenieros y los arquitectos más destacados tenían un propósito único y claro: crear vivienda para las masas. Las plantas en zig-zag del conjunto multifamiliar Centro Urbano Presidente Alemán (1948) en la céntrica colonia Del Valle y el multifamiliar Presidente Juárez (1950) que ofrecía doce tipos de viviendas, ambos financiados por la Dirección de Pensiones, hoy issste; las enormes torres del conjunto urbano Nonoalco-Tlatelolco (1960) que aparecieron en los años siguientes, y las filas interminables de casas de la unidad habitacional Santa Cruz Meyehualco (1961), son testigos de un esfuerzo por poner lo más ambicioso de la arquitectura al servicio de las mayorías.
Mientras que Tlatelolco dio casa a 100,000 habitantes de diferentes clases sociales en un conjunto equipado con escuelas, guarderías, clínicas y locales comerciales, entre otros, la unidad Santa Cruz Meyehualco desplegó un total de 3,000 casas, una parte para los pepenadores que habitaban esos terrenos antes de la construcción del conjunto, otra para trabajadores y una más para los pobladores que durante la ejecución de nuevas colonias habían sido desplazados. Estos espacios, que perduran en la actualidad, además de dar techo a las clases trabajadoras, consolidaron entramados sociales, fueron espacios comprometidos con elevar la calidad de vida. Se convirtieron, hasta ahora, en parte del tejido de la ciudad.

Hoy, la idea de la arquitectura social ha cedido a las presiones de la especulación. Impera la creencia de que los bienes raíces son, antes que nada, un negocio. Vivir en la ciudad céntrica ya no es un derecho: es un privilegio para quien pueda pagarlo. El ideal moderno imaginó una ciudad compartida por diversas clases sociales. La ciudad actual, neoliberal, subasta la ubicación al mejor postor. Durante los últimos 25 años, las viviendas para las clases trabajadoras se han movido a las orillas, desplazando con ello a sus habitantes; hoy, en la ciudad central se construyen rascacielos y centros comerciales que persiguen un modelo de desarrollo urbano donde la prioridad es el interés privado.
Para este modelo de desarrollo urbano, el corazón de las ciudades obedece una lógica comercial, prevalece la noción de que la calle ya no vale como lugar de relación, esparcimiento o contacto entre los ciudadanos. De los objetivos sociales, culturales o simbólicos que el urbanismo confería a las ciudades, no queda mucho. Al caminar bajo los nuevos rascacielos del Paseo de la Reforma es fácil notar que todo lo que debía ser una ciudad ha cedido frente al capital financiero que marca el ritmo de crecimiento de las ciudades. Donde los arquitectos de ayer podrían haber construido un conjunto de viviendas para cientos de familias, hay un nuevo centro comercial. ¿Acaso las señales de la calle intentan decirnos que lo que la ciudad necesita son más sucursales de Starbucks y Zara?
El triunfo del neoliberalismo orilló al Estado a abandonar, poco a poco, su obligación de proporcionar vivienda a las personas, y cedió así la tarea al capital privado. Empresas como Grupo Geo, Consorcio Ara, Urbi, Homex, entre otras, aprovecharon la nueva lógica que indicaba que la vivienda de masas ya no respondía a un derecho básico de los habitantes de las ciudades, sino a un negocio más. De manera indiscriminada, las empresas desarrolladoras de vivienda compraron terrenos a las afueras de las ciudades. Aprovecharon el bajo costo de las tierras y la alta demanda de casas. En esas geografías estériles, donde no hay oportunidades laborales, escasean las escuelas y las tiendas de autoservicios, así como medios de transporte eficaces que conecten estas remotas periferias con los centros urbanos. Obras con bajos estándares de calidad, incapaces de garantizar servicios básicos como drenaje y agua a sus pobladores, se ofertaron en los mercados inmobiliarios como la solución al problema de insuficiencia de vivienda en la metrópoli. A través de créditos, miles de familias se exiliaron a cambio de tener un techo, algo que heredar a la familia.

 

La unidad de organización básica en una ciudad es la colonia o barrio. Y más que un conjunto de casas, un barrio es una identidad cultural: memoria colectiva, arraigo generacional y un sentido de pertenencia, entre otras. Cada uno tiene su lógica, pero, al estar conectado con la ciudad y con otros barrios, funciona porque se relaciona con el resto de las partes de la ciudad y participa en sus actividades sociales, económicas y culturales. En los conjuntos de vivienda social de mediados del siglo pasado había un elemento clave: eran ciudades que a su vez formaban parte del tejido urbano. Su cercanía con el centro, con las zonas donde estaba el trabajo, la educación y el intercambio, ofrecía a sus habitantes mayores oportunidades de movilidad social.
Las construcciones de interés social ubicadas en las periferias ignoran este factor. Expulsados del centro, los ocupantes habitan un barrio artificial, en el que por cuestiones de distancia pasan poco tiempo. Tal vez lo único que comparten con sus vecinos es el deseo de ser propietarios de una vivienda. Con aceras desérticas, grandes recorridos sin vías arboladas, y carentes de espacios públicos y sitios en donde los pobladores pudieran relacionarse entre sí, fue difícil crear arraigo. ¿Qué habitante podría sentirse integrante de una comunidad en estas condiciones? Con el tiempo y en el mejor de los casos, estos conjuntos habitacionales se volvieron ciudades dormitorios, sitios para pasar la noche y huir. En otros más drásticos, las casas fueron abandonadas, la gente dejó de pagar las hipotecas y la delincuencia se apoderó de ellas. En febrero de 2015, la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), dio a conocer que sólo en el estado de México se contaban 400,000 viviendas financiadas por el Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (INFONAVIT) en completo abandono. Fallas estructurales, mala planificación, inseguridad, escasez de servicios y lejanía son las causas de esta renuncia a la vivienda. Una falla que a nivel nacional se replica y produce los mismos efectos.
Este fracaso, además de demostrar que un barrio no es simplemente una colección de casas, dejó claro que la creación de tejido urbano no es posible sin la voluntad de crear tejido humano. ¿Podemos llamar a esta clase de construcciones arquitectura? Levantadas con el propósito de ser habitadas por miles de familias, terminan ofreciendo lo opuesto: el abandono. Los ladrillos que dan forma a sus muros no son suficientes para dar solidez a una idea de habitabilidad. Las casas podrán permanecer de pie una eternidad pero esa arquitectura, eso que proponen los grandes consorcios para habitar la periferia, es totalmente efímera. Su abandono es una manifestación contundente, una respuesta a los cambios en las lógicas de desarrollo urbano, en las que el habitante parece no importar.

 

 

Georgina Cebey. (2016). Construir la nada. 2017, de Tierra Adentro Sitio web: http://www.tierraadentro.cultura.gob.mx/construir-la-nada/

TORRE BBVA BANCOMER

En un área de 183,000 m² la empresa Legorreta + Legorreta está llevando a cabo en el D.F. unos de los corporativos más llamativos e importantes en la ciudad de los últimos años la torre ejecutiva BBVA BANCOMER, que se estima sea la tercer torre más alta de la ciudad de México y la séptima en Latinoamérica. El diseño crea una nueva jerarquía de comunidades o “pueblos” verticales, con zonas abiertas o ajardinadas donde los empleados y los visitantes pueden reunirse y disfrutar de unas vistas espectaculares de la ciudad. 

 

 

 

 

 

Rogers Stirk Harbour + Partners (RSHP) en colaboración con el estudio de arquitectura Legorreta + Legorreta (la denominación de esta unión temporal de empresas es LegoRogers) recibieron el encargo de diseñar el nuevo edificio que albergue la sede social de BBVA Bancomer en Ciudad de México. El solar, adyacente al parque Chapultepec, es uno de los más destacados de la capital mexicana, y el nuevo edificio se erigirá como la manifestación física de la asociación entre Bancomer, el banco principal de México y BBVA, una de las instituciones bancarias más importantes del mundo. 

         


La colaboración entre los dos estudios, que practican dos lenguajes arquitectónicos diferentes aunque comparten los mismos valores, ha generado un proyecto singular que, en vez de poner de manifiesto las divergencias entre los dos estudios, creará un diseño innovador para el proyecto y para Ciudad de México. El diseño del nuevo edificio se basa en la reinterpretación de la configuración tradicional de un espacio de oficinas, al ofrecer una gran variedad de ambientes de trabajo para todos los usuarios, fórmula que enriquecerá el modelo universal de espacio comercial. El diseño explora un tipo de arquitectura que promueve el sentimiento de comunidad así como la interacción entre los empleados. Además, pretende la creación de un ambiente de trabajo más organizado, en comparación con edificios más convencionales de oficinas. 


        


El concepto del proyecto evolucionó a partir del deseo de contribuir al perfil del paisaje urbano mediante la respuesta al área que rodea. La torre será visible desde varios puntos de la ciudad, lo que la convertirá en un punto de referencia y creará un nuevo icono urbano. El proyecto responde al cambio de dirección del paseo de la Reforma en la intersección donde se levantará el edificio, y los dos ejes se reflejan en la composición de la forma arquitectónica. 

         

El diseño, que ha evolucionado a partir del análisis de las diferentes orientaciones de cada fachada, representa una respuesta contemporánea a la parcela, a la vez que se inspira en la tradicional arquitectura mexicana. La geometría del sistema exterior de protección solar utiliza un diseño de entramado que protegerá a cada una de las fachadas de la luz solar y del calor a la vez que optimiza la entrada luz natural. Este sistema dota al edificio de una textura que evoca los entramados o celosías tradicionales. Los materiales locales, el diseño contemporáneo y las soluciones de ingeniería, que optimizan el consumo energético y minimizan el impacto ambiental contribuirán a la consecución de la acreditación Gold de LEED. El proyecto se basa en la generación de plantas diáfanas y eficientes, donde la superficie dedicada a oficinas cumpla con los requisitos de los usuarios actuales pero que pueda adaptarse fácilmente a las necesidades cambiantes en el futuro. Todas las zonas recibirán una gran cantidad de luz natural, disfrutarán de vistas impresionantes y tendrán acceso a jardines exteriores de triple altura. Dichos jardines, colocados cada nueve plantas, permiten que el espacio de trabajo pueda ubicarse el “pueblos” o comunidades “verticales” que aumentarán la riqueza y la variedad del ambiente de trabajo. Las áreas comunes para los empleados, como la cafetería (situada encima del estacionamiento y desde donde se disfrutan de vistas espectaculares del parque) y el auditorio, están diseñadas para fomentar una interacción intensa y crear una sensación de comunidad tanto entre empleados del mismo departamento como entre empleados de divisiones diferentes del banco. 

            

En la planta baja, la entrada de triple altura en la esquina con el paseo de la Reforma conectará las operaciones bancarias para clientes privados con las operaciones comerciales que tienen lugar en las plantas superiores. Desde la planta baja, los ascensores panorámicos, con vistas al parque, transportarán a visitantes y a empleados hasta el sky lobby, un vestíbulo elevado que actuará de “ventana” a la ciudad y al parque. Las exposiciones y los actos públicos que se organicen tendrán lugar en el vestíbulo, el auditorio y la cafetería. Esta última estará localizada en la terraza de encima del estacionamiento y se accederá a la misma desde el vestíbulo elevado. Este espacio ofrecerá una zona ajardinada adicional y la terraza de un restaurante con vistas espectaculares del parque. Cuando se acabe el proyecto, en 2013, el rascacielos de 50 plantas proporcionará aproximadamente 78.600 m2 de espacio de oficinas de primera calidad para BBVA Bancomer, con cabida para unos 4.500 empleados. 


                 

Cliente: BBVA-Bancomer 
Superficie: 6.620 m² 
Superficie de oficinas: 78,600m² 
Altura de la torre: 221m 
Arquitectura: LegoRogers (colaboración entre Rogers Stirk Harbour + Partners y Legorreta + Legorreta) 
Ingeniería de estructuras: Arup/Colinas de Buen SA de CV 
Ingeniería de saneamiento: Arup/Garza Maldonado 
Ingeniería eléctrica: Arup/DEC Group 
Ingeniería de control climático: Arup/DYPRO 
Consultoría de iluminación: Fisher Marantz 
Consultoría de costes: INPROS 
Project Manager: Jones Lang LaSalle 

Origen Ingeniero Arquitecto 5a parte

Origen Ingeniero Arquitecto 4a parte

Somos lo que habitamos.

Como bien diría Alain Botton: “Somos lo que habitamos” y es que cualquier espacio, incluso la obra más emblemática es un reflejo del alma. Entender que los arquitectos responden a la sociedad es una buena idea, habitar en toda la extensión de la palabra, es una excelente idea.

 

Es importantísimo entender que en la genética de cada casa, cada edificio, cada ciudad existe una respuesta formal y funcional a las demandas concretas de una familia, un empresa o a los rasgos e idiosincrasias de la sociedad en la que se encuentre la edificación.

                                                                    

Una casa es para toda la vida y es una inversión importante, pero a veces, se nos olvida esto y no sólo desde el punto de vista de arquitecto, sino también al ser clientes. Dejamos en el tintero el hecho de que la vida es una obra de arte en movimiento eterno, que no hay por qué buscar una casa minimalista porque “es la moda” o construir con acero porque “el de enfrente también”; hay que buscar nuestro estilo, nuestra propia identidad.  Si el olor de la casa de los abuelos nos recuerda algo, ¿Por qué no hacer que nos recuerden por nuestra arquitectura? No tiene por qué ser el tapete de ‘Bienvenidos’ la primera impresión, la fachada debería serlo. Dicen que no debemos juzgar un libro por su portada, pero un buen título siempre te invita a leer; pasa lo mismo acá, una fachada agradable te invita a entrar, y es entonces cuando la arquitectura se vuelve un reflejo de nuestra alma. 

 

 Cierta innovación se impone constantemente, pero hay elementos arquitectónicos que se repiten a lo largo de la historia porque responden a las necesidades hondas de los humanos, y el camino de la felicidad se apoya en ellos: en la simetría, por ejemplo, o en las curvas de ciertos objetos. Donde esté la disposición adecuada de líneas y trazos, estará nuestro hábitat ideal, ese lugar al que nos gusta volver porque ahí reencontramos lo mejor de nosotros mismos. Qué mejor sería que este lugar fuese nuestro hogar, el trabajo inicial es del arquitecto encargado, y después entramos nosotros, los habitantes a terminar de embellecer el espacio.

  

                                                

 

 Se nos acaba el suelo, pero tenemos interiores por crear, el espacio es la materia prima del arquitecto, aunque a veces lo olvidemos.

Lesli  Bautista

Revista  Metascopios

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